>> Nota: este libro se encuentra en preventa en saltaelpez.com hasta el 30/05 e implica que está en proceso de producción y por eso tiene un precio promocional (20% de descuento) ya que el libro físico aún no está. Llegará de imprenta y estará disponible para su entrega cuando termine la preventa, ya a su precio real.
Originalmente editado en 2012 (WW Norton and Company), El revólver de Mayakovski es nuestro primer libro de Matthew Dickman. Traducido por Martín Vázquez Grille, comprende poemas de gran intensidad de imágenes y búsquedas en torno al duelo, la infancia y las experiencias íntimas, casi religiosas.
Así comienza el libro:
En el cielo
No hay perro encadenado a un poste en un jardín
que se marchita, como los perros
con los que me crie, muertos de hambre, llenos de comida, golpeados en la cara
por los chicos, no hay chicos, no hay petardos
que se deslizan por largos cuellos de botella a principios del verano,
no hay cielo que explote, sangre ni huesos,
porque nosotros éramos los huesos, no hay más Señor
Dios Mío, ni tampoco mapas hechos de fuego, un pequeño resplandor
que arde donde crecí, para que pueda, si quiero, señalar la llama que era la Avenida 82,
no hay leche en la heladera, tampoco caminar por la calle
hasta el negocio que vendía navajas suizas, no hay navajas, no hay miel
ahora que la dulzura ya no existe, aunque nosotros éramos la dulzura,
aunque necesitábamos algo
para la lengua, no hay más jabón barato
ni lavarnos la boca con jabón
porque Hijo de puta y porque Andate a la mierda
nos salían de la boca como peces del Océano Pacífico,
no hay colibríes, no hay Curitas ni rodillas raspadas
con la mugre y las piedras del barrio
porque nosotros éramos la mugre,
no hay madres jóvenes que fuman en la entrada
mientras el cielo se pone lindo
antes de que anochezca, aunque ellas eran más lindas
y el cielo se les volvió en contra. No hay punk rock ni fiesta de egresados,
ni zapatos baratos de taco alto abandonados en la lluvia
en un estacionamiento, ni botellas vacías de vino dulce
porque nosotros éramos las botellas vacías, ni tampoco tirarlas contra la pared
que está atrás de la escuela, porque nosotros éramos los vidrios
que estallaban. No mirar más hacia el oeste, no hay este, norte
o sur, sólo nosotros acá parados, juntos, preguntándonos los unos a los otros,
si recordamos algo, qué era lo que amábamos, qué lo que nos amaba, quién fue el primero que gritó nuestros nombres.